Almafuerte, poeta Argentino del Siglo XIX, dice en la novena estrofa de su poema SIN TREGUA:
Naciste en el peldaño de una escala,
no en el seno confuso de una nube;
con el cetro en las manos, o la pala
pero raudo y audaz como un querube;
si no son los peldaños es el ala
que te despierta y que te grita: ¡sube!…
¡sube sin timidez, no te abandones;
si te asusta volar, hay escalones!
Los obstáculos no son sólo necesarios, son a la vez el medio y los escalones que nos llevan a un lugar mejor y más alto.
Por esto es tan importante la memoria, porque tal vez si recordáramos cuán grandes nos parecieron los escalones previos antes de enfrentarlos (y cuán bien nos hizo superarlos), tal vez así pudiéramos recibir el nuevo obstáculo: con la alegría de saber que solo es posible ganar al dar la lucha.
La expresión «como elefante en un bazar» es un dicho popular usado para describir a alguien torpe, ruidoso o falto de tacto. Se aplica a personas cuyas acciones, palabras o intromisiones causan destrozos, conflictos o incomodidades en un entorno delicado.
Pero quién no ha sido alguna vez este elefante? Todos hemos sido torpes en situaciones que requerían delicadeza. Todos hemos roto cosas que hubiésemos preferido no romper, cosas delicadas que tal vez amábamos o estimábamos mucho y que por falta de experiencia y conocimiento (o simplemente por descuido o desidia) terminamos rompiendo.
Lo roto roto está. El elefante no puede volver el tiempo atrás. Pero, memorioso como es, lo que sí puede hacer el elefante es aprender y recordar: aprender a reconocer sus limitaciones, a mejorar sus capacidades, a no volver a entrar a los bazares. Pero, sobre todo, el elefante tendrá que aprender a medir las consecuencias de sus poderosas acciones (tan útiles en otros contextos) en ciertos espacios o situaciones.
Todos hemos sido elefante dentro de algún bazar. No se puede borrar el error pero si es posible honrarlo y aprender de él.
Finalmente es así. La lágrima duele por la pérdida. Pero nada perderíamos si nada tuviéramos.
Perder algo que amamos mucho, duele mucho. Sí. Pero el nivel de dolor que sentimos es directamente proporcional a todo lo que disfrutamos de tenerlo.
¿Por qué no hacer entonces foco en agradecer por eso? No digo saltar en una pata, pero sí al menos recordar mientras lloramos todo lo que disfrutamos de eso, todo lo felices que fuimos al poder tenerlo, al poder vivirlo.
¿Hubiera sido mejor no tenerlo nunca para evitar esa lágrima?